Análisis del discurso ideológico


Teun A, van Dijk*
Traducción: Ramón Alvarado**

Introducción
El análisis ideológico del lenguaje y del discurso es una postura crítica ejercida ampliamente entre estudiosos de las humanidades y las ciencias sociales. Este análisis supone que es posible poner "al descubierto" la ideología de hablantes y escritores a través de una lectura minuciosa, mediante la comprensión o un análisis sistemático, siempre y cuando los usuarios 'expresen' explícita o inadvertidamente sus ideologías por medio del lenguaje u otros modos de comunicación.
A pesar de la generalización de estos supuestos y prácticas, no se ha explicitado suficientemente la teoría que relaciona al discurso con estas ideologías "subyacentes". De hecho, en los estudios del discurso, así como en la psicología social y cognitiva o en las ciencias sociales, no se sabe gran cosa acerca de cómo exactamente se desarrollan las ideologías a través del discurso, y de qué modo controlan o influyen a los textos y al habla. En este artículo, resumiré entonces algunos supuestos teóricos desarrollados en mis estudios sobre el discurso y la ideología, y discutiré aspectos específicos que han sido hasta ahora ignorados por la práctica del análisis del discurso ideológico.
Análisis sociopolítico del discurso
En primer lugar, para formular los objetivos de nuestra investigación en un marco teórico más amplio, debemos señalar que es prioritario considerar al análisis del discurso ideológico como un tipo específico de análisis del discurso sociopolítico. Dichos análisis, entre otras cosas, pretenden relacionar las estructuras del discurso con las estructuras sociales. De este modo, las propiedades o relaciones sociales de clase, género o etnicidad, por ejemplo, son asociadas sistemáticamente con unidades estructurales, niveles, o estrategias de habla y de texto incorporadas en sus contextos sociales, políticos y culturales. Esto también es válido para las relaciones entre organizaciones sociales, instituciones, grupos, roles, situaciones, relaciones de poder o la toma de decisiones políticas, por una parte, y las estructuras del discurso, por la otra (Fairclough, 1989, 1992; Kedar, 1987; Kramarae, Schulz y O'Barr, 1984; Kress, 1985; Ng y Bradac, 1993; Wodack, 1989).
En esta perspectiva, se considera a los usuarios del lenguaje como miembros de comunidades, grupos u organizaciones y se supone que hablan, escriben o comprenden desde una posición social específica. El análisis ideológico examina entonces qué ideologías se encuentran particularmente asociadas con esa posición; por ejemplo, para defender o legitimar dicho lugar social, lo cual también se hace de modo muy característico a través del discurso. En relaciones de dominación, dicho discurso ideológico puede servir para sustentar o bien para cuestionar dichas posiciones sociales.
Aunque poco explícita, esta es la clásica aproximación sociopolítica al análisis ideológico. En particular, no nos dice con exactitud cómo las posiciones sociales de los usuarios del lenguaje o de los grupos de los cuales son miembros, afectan (o son afectados por) los textos y el habla. Los hombres, y no las mujeres, pueden recurrir a tópicos específicos, estilos léxicos o retóricos, o viceversa, y esto mismo se puede decir de los blancos vs. los negros, los viejos vs. los jóvenes, o los oficiales de la policía vs. los sospechosos. Tal como sucede en la sociolingüística, estos análisis no van más allá de una descripción de correlaciones: tampoco explican ni especifican cómo tales miembros del grupo pueden expresar de un modo determinado sus posiciones sociales, esto es, qué procesos de producción del discurso están involucrados en la "expresión" de tales posiciones.
Normalmente, no hay una forma en que la estructura social misma pueda afectar directamente al texto y al habla, ya que los grupos y las instituciones, en tanto tales, no escriben, ni hablan o comprenden el discurso, sino que lo hacen únicamente por la mediación de agentes comunicantes como miembros de grupos o de categorías sociales. Esto es, se requiere una explicación completa de las relaciones entre discurso y sociedad que vaya más allá de la disociación macro-micro y sociedad- individuo, y ello se aplica a muchas otras formas de análisis social y político (Alexander, Giese, Münch y Smelser, 1987; Knorr-Cetina y Cicourel, 1981).
Esto quiere decir que necesitamos una articulación teórica donde lo social y lo discursivo puedan "encontrarse" y establecer una relación explícita entre sí. Un candidato para este eslabonamiento es la interacción social misma en situación. Dependiendo de la perspectiva o la teoría sociológica que uno adopte, el nivel macro o el micro podrían considerarse como fundamentales (Collins, 1981; Fine, 1991). De este modo, las situaciones representarían una peculiar combinación de miembros sociales, categorías, relaciones, procesos o fuerzas. Por ejemplo, un encuentro específico entre doctor y paciente pondría en juego otras estructuras abstractas de las instituciones médicas en general, y otras tantas relaciones entre doctores y pacientes en particular (Mishler, 1984; West, 1984). El habla de miembros sociales, en determinado contexto, puede poner en juego, más o menos directamente, cierto tipo de relaciones sociales como las de dominación, cortesía, ayuda o solidaridad. En particular, esto probablemente conduciría al uso de expresiones que pudiesen comprenderse o interpretarse como indicativas de tales relaciones sociales; éste puede ser el caso de los pronombres como marcadores de dominación, o en su caso, de cortesía.
La interfase sociocognitiva
Aunque la interfase sociedad-actor nos ofrece una percepción aguda de una de las dimensiones de la disociación macro-micro, ésta es aún incompleta. Lo que se requiere es una interfase sociocognitiva. Los argumentos a favor de la necesidad de esta conexión son los siguientes:
1. Las nociones mismas de 'acción' y 'actor' (sociales), tienen una importante dimensión cognitiva: el conocimiento acerca de condiciones y consecuencias, planes, intenciones y objetivos de acciones, así como el mismo concepto de acción son propiedades del pensamiento o de representaciones mentales, esto es, de la mente (Aebli, 1980; Danto, 1973; Whiteley, 1973; véase Coulter, 1989).
2. Esto mismo se aplica en la interacción, la coordinación de acciones y la adaptación estratégica de acciones al contexto social, que requieren todas ellas de representaciones mentales de otros actores (y sus representaciones) así como de las características inherentes a la situación y al contexto (Furnham y Argyle, 1981).
3. De manera similar, el eslabón social macro-micro, definido en términos de pertenencia a grupos de actores sociales y de sus acciones en tanto puesta en juego de relaciones sociales, procesos y estructuras, también requiere de una dimensión cognitiva (Cicourel, 1973). Los miembros de un grupo necesitan identificarse y representarse a sí mismos como miembros de grupos de modo que puedan estar habilitados para actuar como tales. De este modo, en la ejecución competente de sus acciones así como en la comprensión de las acciones de los demás, ponen en juego un conocimiento general acerca de la sociedad y de la interacción (Fiske y Taylor, 1991; Farr y Moscovici, 1984).
4. Esto mismo es a fortiori válido para la interacción verbal y el discurso, cuyas estructuras y significados, su planificación y comprensión, también deben formularse en términos de un desempeño cognitivo del pensamiento, que involucra un conocimiento específico compartido y otras creencias sociales (van Dijk y Kintsch, 1983).
La explicitación de estos argumentos requeriría todo un análisis teoríco y filosófico que no es posible desarrollar aquí. Para nuestros propósitos, supondremos simplemente que estos argumentos son válidos, y que las relaciones entre sociedad e interacción, y por tanto entre sociedad y discurso son necesariamente indirectas, y están mediadas por representaciones mentales compartidas de los actores sociales en tanto miembros de grupos. De hecho, el mismo conocimiento del lenguaje y el discurso es un ejemplo muy elocuente de las cogniciones sociales compartidas por los grupos y sus miembros.
Ideologías
De aquí en adelante supondremos que esto también es válido para las ideologías. Haremos caso omiso de la vasta discusión sobre las ideologías en las ciencias sociales (CCCS, 1978; Eagleton, 1991; Larrain, 1979; Thompson, 1984), y simplemente las definiremos aquí como sistemas que sustentan las cogniciones sociopolíticas de los grupos (Lau y Sears, 1986; Rosenberg, 1988). De este modo, las ideologías organizan las actitudes de los grupos sociales que consisten en opiniones generales organizadas esquemáticamente acerca de temas sociales relevantes, tales como el aborto, la energía nuclear o la acción afirmativa (Eagly y Chaiken, 1993). Dependiendo de su posición, cada grupo seleccionará entre el repertorio de normas y valores sociales, propios de la cultura general, aquellos que realicen óptimamente sus fines e intereses, y se servirán de estos valores como los componentes que edifican sus ideologías de grupo. Así, el valor de 'igualdad' o la norma de 'no discriminación' será un punto culminante en la ideología de las mujeres, de las minorías y de otros grupos dominados. Desde luego esto no significa que la selección de valores fundamentales sea del todo consistente.
Algunos pueden considerar que la 'igualdad' y la 'libertad económica' son de igual importancia, lo que se pondrá de manifiesto tanto en las actitudes propias de cierto ámbito social en las cuales se sustentan esas ideologías 'contradictorias', como también en sus discursos (Tetlock, 1989).
Las representaciones sociales son propias de los grupos, en la medida en que son compartidas por (las mentes de) los miembros de grupos sociales (Farr y Moscovici, 1984). Esto significa que es necesario disminuir la distancia entre estas cogniciones sociales y las cogniciones personales (tales como el conocimiento y las experiencias personales) que subyacen al texto y al habla individuales. A través de otras representaciones sociales, como el conocimiento y las actitudes socioculturales, las ideologías influyen también en el conocimiento específico y en las creencias de los individuos usuarios del lenguaje. Estas cogniciones personales representadas en modelos mentales de acontecimientos y situaciones concretos (incluyendo situaciones comunicativas), controlan a su vez al discurso, por ejemplo en el recuento de experiencias personales, o en la argumentación alrededor de las opiniones personales (Garnham, 1987; Johnson-Laird, 1983; van Dijk y Kinstch, 1983; van Oostendorp y Zwaan, 1994).
Una de las grandes lagunas en las teorías sociológicas sobre la ideología (y también en las psicológicas) es la carencia de una explicación suficientemente explícita de su organización o su estructura interna. Se puede suponer, como nosotros lo hicimos, que éstas incluyen un conjunto de valores significativos para el grupo, y una selección muy propia de valores socioculturales fundamentales. Dado que en las ideologías, las relaciones y los intereses del grupo se encuentran en juego, podemos suponer también que ponen de manifiesto una estructura polarizada entre NOSOTROS y ELLOS. Y en tanto deben organizar un conjunto de actitudes dependientes de ciertos campos sociales, podemos suponer en consecuencia que integran cierto número de proposiciones axiomáticas (por ejemplo 'Las mujeres y los hombres son iguales' en una ideología feminista). Finalmente, propondremos que las ideologías, como otras representaciones sociales, pueden tener una organización esquemática estándar que consiste en un número limitado de categorías fijas.
Estas categorías pueden ser las mismas que las del esquema individuo-grupo. Esto es, a la vez que subyacen a las interpretaciones auto-selectivas de los miembros de grupos sociales, las ideologías pueden de hecho ser equivalentes a las representaciones que un grupo se hace de sí mismo (y acerca de las relaciones con otros grupos importantes, por ejemplo sus oponentes) en la estructura social. Si tal es el caso, una ideología puede construirse desde las categorías definitorias de un grupo tales como identidad/membresía, actividades, metas, normas y valores, posición social y recursos (van Dijk, 1995a, 1995b).
A diferencia de muchas aproximaciones tradicionales a las ideologías, no suponemos aquí que las ideologías sean necesariamente 'negativas' o 'falsas'. Esto es, no solamente los grupos dominantes pueden tener ideologías que sirven para legitimar su poder o para construir un consenso o el consentimiento a su dominación (sobre este asunto, véase Abercrombie, Hill y Turner, 1980, 1990). También los grupos dominados y de oposición pueden tener una ideología que organice efectivamente las representaciones sociales que exigen la resistencia y el cambio. De modo semejante, las ideologías pueden organizar actitudes y un conocimiento 'falsos', desde un punto de vista específico o de acuerdo con un sistema epistémico de criterios del conocimiento (por ejemplo, aquellos de la ciencia contemporánea), pero éste no es un atributo necesario de todas las ideologías tal como nosotros las definimos (para una discusión de este punto, véase Eagleton, 1991).
Además, las ideologías no se limitan a los grupos relacionados con la dominación, el poder o las luchas sociales. También tenemos ideologías profesionales (por ejemplo de periodistas y profesores), ideologías institucionales, e ideologías de otros tantos grupos en la sociedad. Destacan particularmente, y de acuerdo con nuestra definición, los 'intereses de grupo' definidos a través de categorías como identidad, actividades, metas, normas y valores, posición social y recursos. Esto desde luego significa que las ideologías están a menudo involucradas en conflictos sociales entre grupos, aunque esto no es un criterio necesario o suficiente para el desarrollo y reproducción de las ideologías sociales.
Finalmente, las ideologías no requieren asumir la forma de sistemas complejos y muy específicos como "socialismo", "liberalismo", "comunismo", o "feminismo", entre otras posibilidades. Muy bien pueden limitarse a unos cuantos principios básicos. Más aún, no todos los miembros de un grupo disponen del mismo y preciso sistema ideológico: a menudo las élites especializadas o los "ideólogos" dispondrán de un sistema más refinado que los otros miembros del grupo (Converse, 1964; véanse las distintas contribuciones en Lau y Sears, 1986).
Disponemos ahora de un esbozo sobre la posible articulación entre discurso y sociedad y entre ideología y discurso, esto es, a todo lo largo de la dimensión grupo-actor y en conformidad con las relaciones entre la cognición social compartida y las cogniciones personales o individuales específicas. Esta interfase da cuenta "simultáneamente" de la naturaleza social del texto y el habla compartidos y "las particularidades del discurso único, variable, contextual y personal" (Billig, 1991). Esto explica por qué los blancos pueden actuar y hablar como blancos, por ejemplo en el discurso racista, pero también por qué y cómo hay una variación considerable en el habla propia de ese grupo (van Dijk, 1987, 1993). No se tomarán aquí en cuenta los detalles del proceso cognitivo y las representaciones involucradas en las relaciones entre ideologías y actitudes, entre conocimiento o actitudes y modelos, o entre modelos y estructuras textuales. De hecho, en la actualidad muchos de estos aspectos de la cognición social son desconocidos. El esquema de las relaciones entre ideología, sociedad, cognición y discurso muestra los diversos componentes cognitivos involucrados en las relaciones entre las ideologías subyacentes a la cognición social, los modelos mentales de la cognición personal (memoria episódica) y la comprensión activa o la producción de un texto o habla bajo la influencia de modelos mentales de la situación.
La articulación entre discurso e ideología es particularmente importante para nuestra discusión. El análisis del discurso ideológico presupone ciertos conocimientos en torno a estas relaciones. Nuestro esquema sobre las relaciones entre la cognición social y la personal sugiere que no solamente la articulación entre discurso e ideología es indirecta y mediada por la cognición, sino que también, aun en el marco cognitivo, la articulación entre la ideología y la gestión mental del discurso es indirecta. Esto es, entre ideología y discurso encontramos actitudes más específicas, conocimientos, y modelos mentales particulares sobre acontecimientos y sobre contextos de comunicación. Además, los usuarios del lenguaje no son solamente miembros de grupos sociales; también son personas con una historia personal propia (biografía), experiencias acumuladas, principios y creencias personales, motivaciones y emociones, y están dotados de una personalidad 'singular' que define en su totalidad el tipo y la orientación de sus acciones. Aún más, el conocimiento socialmente compartido, las actitudes y las específicas,, el propio texto y el habla son susceptibles de recibir la influencia de tales cogniciones personales.
Otra fuente importante de la variación tanto social como individual de las ideologías y su expresión en el discurso, es el hecho obvio de que una persona pertenece a diversos grupos y por lo tanto puede compartir diferentes ideologías. Éstas desde luego pueden ser mutuamente incompatibles, y esto significa que para cada contexto social de interacción y de discurso, los usuarios del lenguaje tienen que negociar estratégicamente y deberán ser capaces de sobrellevar sus distintas filiaciones. Esto también es obvio en el discurso en el cual se pueden ilustrar los resultados de tales dilemas ideológicos, de la argumentación interna y la inseguridad, o de las presiones sociales que confrontan los individuos en la realización de las ideologías de los diferentes grupos a los que pertenecen (Billig, et. al., 1988). De este modo, una periodista negra en los Estados Unidos puede verse obligada a combinar los sistemas ideológicos de género, etnicidad, profesión y nacionalidad. Los conflictos entre estos sistemas son obvios, lo que sin duda afectará sus actividades sociales, su trabajo periodístico y demás discursos que dependen de la situación social (por ejemplo, en la sala de redacción se espera, antes que nada, que ella se comporte como una profesional -y estadunidense- y sus otras identidades y filiaciones a grupos muy bien pueden ser relegadas, suprimidas o aun restringidas).
Podemos entonces apreciar que antes que las ideologías 'lleguen' al discurso y sus estructuras, hay un amplio y complejo abanico de factores mentales que también pueden influir en la producción del discurso (o en la comprensión). Para el análisis ideológico, esto significa que las ideologías no pueden simplemente 'leerse' al calce de un texto o de un acto de habla particulares. Los hablantes racistas dirán típicamente 'que ellos desde luego no son racistas (pero...)' (van Dijk, 1984, 1987). Los machistas no siempre mostrarán su desprecio por la mujer, así como los directivos de grandes empresas pueden desarrollar elaborados argumentos acerca de los recursos humanos sin hablar abiertamente de ganancias.
En suma, articular la 'superficie' del habla y el texto con ideologías 'subyacentes' es un proceso lleno de complejidades y contradicciones. De hecho, las ideologías más persuasivas muy rara vez se expresan del todo, y se requiere de una serie de pasos teóricos para dilucidar en tales casos el control ideológico indirecto del discurso. Esto explica también las habituales variaciones ideológicas y contradicciones que se detectan a través de encuestas, entrevistas u otro tipo de discurso. Más que concluir que la gente no tiene ideologías, o que éstas son sistemas inconsistentes de creencias, las observaciones igualmente innegables de estabilidad ideológica en distintos contextos y a través de grupos diversos sugiere que los miembros de grupos a menudo tienen ideologías (algunas veces simples), pero a causa de otros factores estas ideologías pueden expresarse en formas variadas por individuos que se encuentran en distintos contextos.
Estructuras del discurso
El propósito del análisis del discurso ideológico no es simplemente 'descubrir' las ideologías subyacentes, sino articular sistemáticamente las estructuras del discurso con las estructuras de las ideologías. No se requiere ser analista del discurso para concluir que un relato noticioso, el fragmento de un texto o una conversación determinada es "conservadora", "sexista" o "ecologista". Nuestro conocimiento ingenuo del lenguaje, el discurso, la sociedad y las ideologías nos conducen a menudo hacer tales inferencias con relativa certeza. Sin embargo, un estudio más explícito y analítico del discurso exige una formulación más clara de tales instuiciones, e intenta especificar qué expresiones o significa-dos del discurso dan lugar a qué clase de inferencias u otros procesos mentales.
Algunas de estas estructuras del discurso se encuentran claramente delimitadas. Si consideramos que las ideologías son el fundamento de nuestros juicios sociales, y que las proposiciones ideológicamente controladas son a menudo formulaciones de una opinión, las expresiones de tales opiniones, por ejemplo, aquellas acerca de los 'otros', indicarán con frecuencia qué determinantes ideológicos están en juego. Las unidades léxicas que se eligen para describir a los otros, como en el caso de la conocida expresión de luchador por la libertad y terrorista, que el entonces presidente Ronald Reagan aplicó a los contras y a los sandinistas, son un claro ejemplo en este sentido. Un uso ligeramente más indirecto o 'codificado' es aquel de moderado (vs. radical), cuando se describe a grupos, partidos o países que asumen nuestras ideologías, es decir a aquellos que son nuestros aliados y que no amenazan nuestros intereses (Herman, 1992; Herman y Chomsky, 1988).
La semántica ideológica subyacente a tal selección léxica sigue una pauta estratégica muy clara, esto es, en general se tiende a describir en términos positivos a los grupos a los que pertenecemos (ingroups) y a sus miembros, así como a sus amigos, aliados o seguidores, mientras que a los grupos ajenos (outgroups), a los enemigos u oponentes se les describe en términos negativos. Este es un hallazgo propio de la teoría de intergrupos, de las teorías del estereotipo y los estudios sobre (otras) cogniciones sociales (Fiske y Taylor, 1991; Hamilton, 1991; Semin y Fiedler, 1992; Turner y Giles, 1981). Esto es, suponemos que las representaciones mentales de estos grupos, en términos de esquemas de actitudes e ideologías subyacentes, conllevan conceptos evaluativos globales que influyen también en la selección léxica (otros aspectos -como las limitaciones de contexto- son equivalentes). Esto no solamente queda claro en los adjetivos o los sustantivos usados para describir al grupo al que se pertenece (ingroup) y a los otros grupos (ingroup) y sus atributos, sino también en las estructuras complejas que relacionan a estos grupos con acciones, objetos, lugares, o acontecimientos específicos. Los afroamericanos en general y los jóvenes negros en particular, pueden estar 'asociados', en textos y contextos específicos, con la ciudad interior (inner city), con drogas, motines o con seguridad social en tantas formas como existen otras tantas palabras codificadas y que son propias de la semántica del discurso racista.
Si la estrategia general de la autopresentación positiva y la presentación negativa del otro es un modo bien conocido para poner de relieve las estructuras ideológicas en el discurso, podemos anticipar que las siguientes estructuras y estrategias de texto y habla pueden ser ideológicamente pertinentes dependiendo del tópico, del contexto, de los actos de habla y de las metas comunicativas de los grupos de pertenencia (ingroups) y de los grupos ajenos (outgrupos) respectivamente (véase cuadro de descripción/atribución de acción positiva).
Lo contrario también puede ser válido en la descripción y atribución de acciones negativas, las cuales generalmente tenderán a ser desenfatizadas o desdibujadas para los grupos de pertenencia, ingroups (por ejemplo, mediante denegación, eufemismos, los implícitos y la de-topicalización), y enfatizada para los grupos ajenos (outgroups). Estos principios, bien conocidos en la psicología social de la atribución y las relaciones intergrupales, se aplican también a las estrategias discursivas (Pettigrew, 1979; Stephan, 1977).
Denegaciones (disclaimers) tales como "No tenemos nada contra los negros pero..." son un ejemplo de acciones de la semántica local que combinan las estrategias ideológicas de modo tal que el grupo de pertenencia (ingroup) se presenta positivamente (como tolerante) o a través del rechazo de un atributo negativo (como el no ser racista), mientras que la segunda parte del argumentopero (a menudo la parte dominante) expresa una propiedad negativa del grupo ajeno (outgroup) (van Dijk, 1984, 1987). La primera parte positiva puede interpretarse como manifestación de un valor sociocultural positivo (como la tolerancia), pero al mismo tiempo funciona como la puesta en acción de una estrategia para conservar la apariencia y de manejo de imagen que permite la expresión del prejuicio en una situación normativa en la cual la expresión de prejuicios está 'oficialmente' prohibida.
Descripción / atribución de acción positiva
Grupo de pertenencia (ingroup)
énfasis
Aserción
Hipérbole
Topicalización
- oracional (micro)
- textual (macro)
Alto, posición prominente
Poner en encabezado, resumir
Descripción detallada
Atribución a la personalidad
Explícito
Directo
Ilustración narrativa
Soporte argumentativo
Control sobre la imagen
Grupos ajenos (outgroup)
Sin énfasis
Denegación
Subestimación
De-topicalización
Bajo, posición no promiente
Marginación
Vaguedad, descripción general
Atribución al contexto
Implícito
Indirecto
Sin narración
Hay que señalar que la lista (incompleta) de estructuras del discurso que se usan para describir juicios positivos y negativos acerca de los grupos se aplica a diferentes niveles y dimensiones del texto y el habla. De modo que 'énfasis' es una noción estructural muy general y puede aplicarse a los siguientes niveles (para una discusión de las teorías respectivas de estos y otros niveles o dimensiones del discurso, véanse por ejemplo
las contribuciones en van Dijk, 1985):
- Estructuras fonológicas (tensión, picos, volumen, entonación).
- Estructuras gráficas (encabezados, caracteres en negritas).
- El ordenamiento y el tamaño generales (primero y después, más alto/más bajo, más grande o más pequeño, preponderancia e inferioridad).
- Estructuras sintácticas (el orden de las palabras, la topicalización, las relaciones de cláusulas: principal y subordinada, frontal o encastrada; construcciones divididas).
- Estructuras semánticas (explícito vs. implícito, detalle y nivel de descripción, macroestructuras semánticas vs. detalles).
- Estilo léxico (palabras de opinión positivas vs. negativas).
- Retórico (sobre y subestimación, eufemismo, lítotes; repetición).
- Esquemas o superestructuras (expresadas -o no- en categorías convencionales prominentes, por ejemplo, encabezados o conclusión, relato y argumentación).
- Pragmático (aserción contra negación; autocomplacencia vs. acusación).
- Interactivo (tomar su turno: autoselección y predominancia; mantenimiento y cambio de tópicos; comunicación no verbal: rostro, gestos).
En suma, el discurso y el lenguaje tienen un amplio rango de posibilidades para acentuar y desdibujar la información y por lo tanto las opiniones ideológicamente controladas de los ingroups y los outgroups. Obviamente tales estructuras no son solamente 'expresivas' o relativas a posiciones ideológicas, sino que también pueden jugar cierto papel en la dimensión recepción-persuasión de la comunicación. En este caso, podemos suponer que tales estructuras del discurso contribuyen a los modelos mentales deseados de los acontecimientos: toda la información acentuada o las opiniones (esto es aquellas expresadas a través de los encabezados o aquellas que son topicalizadas) tiende a colocarse en una posición prominente en el modelo mental. Esto facilitará la organización, el recuerdo y por ende el uso de tales modelos 'sesgados' en la formación y el cambio de opiniones.
En resumidas cuentas, en relación con las ideologías, las estructuras del discurso tienen siempre la doble función de poner en juego o "ejecutar" ideologías subyacentes por una parte, pero por la otra pueden funcionar como medios de persuasión más o menos poderosos, esto es, como medios estratégicos para influir en modelos mentales preferentes e -indirectamente- en actitudes e ideologías favorecidas. Es así que la formación, cambio y confrontación de las ideologías es también una función de la estructura del discurso.
Estructuras de las ideologías y estructuras del significado
En la sección previa hemos visto que tanto a nivel micro de la lexicalización, el significado y la coherencia local de las oraciones, así como en el nivel macro de los tópicos y del sentido global, las ideologías subyacentes pueden afectar en múltiples formas la semántica del discurso. Cada una de estas líneas de influencia requeriría examinarse en una perspectiva más cognitiva y semántica pero el principio global es claro: los significados están manipulados, estructuralmente, por el principio del favoritismo hacia el ingroup y la descalificación del outgrup, un hecho muy conocido en la cognición social, y también en el análisis de las ideologías.
Si las ideologías, tal como lo propusimos más arriba, son estructuras basadas en categorías de grupo-esquema, entonces podemos esperar que los significados del discurso bajo la influencia de tales ideologías contendrán específicamente aquella información que responde a las siguientes preguntas:
- ¿Quiénes somos nosotros? ¿Quiénes (no) pertenecen a nosotros?
¿Qué hacemos nosotros? ¿Cuáles son nuestras actividades? ¿Qué se espera de nosotros?
- ¿Cuáles son las metas de estas actividades?
- ¿Qué normas y valores respetamos en tales actividades?
-¿Con qué grupos estamos relacionados: quiénes son nuestros amigos y
quiénes nuestros enemigos?
- ¿Cuáles son los recursos a los que típicamente tenemos o no acceso (privilegiado)?
Esto es, cuando se examinan discursos que funcionan generalmente como modos de autodefensa,
legitimación o explicación, o que tienen otras funciones de autocompensación, uno esperaría encontrar una
presencia prominente de significados que pudieran interpretarse como expresiones de tales categorías.
Ya que las ideologías son sumamente abstractas, porque tienen que ser funcionales en muchos campos y
situaciones sociales, debemos sin embargo tener presente que estas categorías pueden especificarse en el texto
y habla concretos en relación con asuntos sociales particulares. Por ejemplo, los blancos racistas no solamente
hablarán acerca de ellos mismos y de las minorías en general, sino que pueden también enfocar las relaciones
étnicas o de raza con respecto a la inmigración, el bienestar social, la educación o la política. Y, por su parte,
las feministas pueden orientar sus discursos de acuerdo con actitudes ideológicamente fundadas acerca de los
derechos humanos y las relaciones de género, pero también pueden concentrarse en asuntos como el empleo, en la acción afirmativa, en el acoso sexual, el aborto, el cuidado de los niños y así sucesivamente. Es más, por encima de las afirmaciones ideológicamente genéricas, la mayor parte del texto y el habla ideológicos se referirá desde luego a acontecimientos, situaciones y personas concretos; esto es, acudirán a modelos específicos que presentan realizaciones de dichas opiniones generales basadas en el grupo.
En tanto estos modelos mentales admiten muchas experiencias y opiniones personales y se combinan con determinaciones contextuales (tal como se representan subjetivamente en los modelos mentales de contexto), la comparación de los discursos de diferentes miembros del grupo, en diferentes contextos, puede dar lugar al descubrimiento de articulaciones con ciertas ideologías y sus estructuras. Podemos anticipar entonces que el discurso ideológico de modo particular estará orientado hacia los siguientes tópicos, significados locales e implicaciones:
a) Descripciones autoidentitarias. Quiénes somos, de dónde venimos, Cuáles son nuestros atributos, cuál es nuestra historia, de qué modo somos diferentes a otros, de qué estamos orgullosos; pero también ciertos argumentos delimitativos en relación a los Otros: Quiénes serán admitidos, Cuáles son los criterios de admisión, quiénes pueden inmigrar, etc. Obviamante, tales descripciones de autoidentidad serán generalmente positivas. Este será el caso típico de aquellos grupos cuya identidad está amenazada, es insegura, o marginada, tales como las mujeres, las minorías, los inmigrantes, y así sucesivamente; -o en modo defensivo, para los grupos dominantes cuya dominación está siendo amenazada. Esto es, las descripciones autoidentitarias son particularmente importantes para aquellos grupos que se definen en relación a sí mismos o en relación al otro, principal o exclusivamente por sus características (más o menos permanentes, inherentes o atribuidas) tales como género, raza, etnicidad, religión, lenguaje, origen
b) Descripciones de actividad. ¿Cuáles son nuestras tareas? ¿Qué es lo que hacemos? ¿Qué se espera de nosotros? ¿Cuáles son nuestros papeles sociales?, etc. La descripción de la actividad ideológica es típica en aquellos grupos que se definen por lo que hacen, como los grupos profesionales y los activistas. Las ideologías periodísticas, profesionales, médicas o ecologistas, etc., se centran en lo que hacen sus miembros (buenas cosas), tales como escribir noticias, hacer investigación, curar enfermos o protestar contra la contaminación.
c) Descripciones de propósitos. Las actividades adquieren un sentido ideológico y social solamente si tienen propósitos (positivos). De este modo, el discurso ideológico de los grupos se enfocar particularmente en los (buenos) propósitos de sus actividades, tales como informar al público o servir como vigías de la sociedad (los periodistas), buscar las verdad o educar a los jóvenes (los profesores), o bien preservar la naturaleza (los ambientalistas). Se debe enfatizar que tales descripciones de objetivos son por definición ideológicas, y no necesariamente corresponden a los hechos: es así como los grupos y sus miembros quieren verse a sí mismos o quieren ser vistos y evaluados.
d) Descripciones de normas y valores. Para una buena parte de los discursos ideológicos son cruciales los significados que involucran normas y valores acerca de lo que nosotros consideramos como bueno o malo, correcto o erróneo, y lo que en nuestras acciones y propósitos tratamos de respetar o de alcanzar. Es así que profesores y periodistas, por ejemplo, pueden poner un especial énfasis en sus muy particulares apreciaciones de la verdad, en el fundamento y confiabilidad de sus recuentos de 'hechos'. Las minorías y las mujeres pueden poner de relieve la igualdad o la justicia, y los directivos de empresa la libertad (del mercado, la libertad ante la intervención estatal). En la descripción de nuestros oponentes o enemigos es previsible entonces un énfasis particular en la violación de las normas y valores. De este modo los otros serán particularmente antidemocráticos, intolerantes, ineficientes, descorteses o poco inteligentes.
e) Descripciones de posición y de relación. También los grupos definen ampliamente su identidad, actividades y propósitos en relación con otros grupos: los profesores con respecto a los estudiantes, los periodistas respecto al público o a los actores de hechos noticiosos, los antirracistas, por definición, con respecto a los racistas y las feministas con respecto a los machistas. Mediante esta categoría se puede prever que se pondrá un especial énfasis en las relaciones grupales, el conflicto, la polarización, y la presentación negativa del otro (desacreditación).
f ) Descripción de los recursos. Los grupos pueden existir y subsistir únicamente cuando tienen acceso a recursos generales o específicos. Cuando dicho acceso se ve amenazado o limitado por conflictos intergrupales, el discurso ideológico se centrará básicamente en tales recursos: los periodistas se inclinarán a proteger sus fuentes de información, los profesores lo harán con su especialidad y conocimiento (o los medios para resguardar tal conocimiento), mientras que las minorías y las mujeres pueden enfocar sus discursos precisamente en el hecho que no tienen un acceso equitativo a valiosos recursos sociales tales como el status, reconocimiento, empleo, vivienda, ingreso, salario justo y así sucesivamente. Algunos grupos sociales se definen básicamente en términos de su acceso o no a los recursos, tales como el rico y el pobre, el desempleado y aquél que no tiene un techo para vivir, y en general los-que-tienen y los-que-no-tienen. En este punto se pueden encontrar estrategias semánticas elaboradas que pretenden defender (o atacar) el acceso privilegiado (el 'derecho') a los recursos y que ponen de relieve un control 'natural' de tales recursos.
Podemos apreciar que un análisis elemental de las ideologías en términos de cierto número de categorías hipotéticas que particularmente definen los parámetros sociales básicos de los grupos, nos permite también postular significados en el discurso típicamente orientados al grupo, especialmente cuando la identidad, propósitos, normas, posición y los recursos del propio grupo de pertenencia están en conflicto con otros grupos y cuando el propio grupo es desafiado, amenazado o dominado. Cuando este no es el caso, por ejemplo, cuando la dominación no está cuestionada, dichas estructuras ideológicas estarán simplemente presupuestas o bien se pueden considerar como propias del sentido común. En tal caso, se requiere analizar los significados ideológicos haciendo explícitos los significados implícitos y aquellos significados que se toman habitualmente como lugares comunes.
Análisis de ejemplos
Después de este breve resumen del marco teórico que articula ideologías y discurso, analizaremos algunos ejemplos. Como parte de nuestro análisis ideológico de editoriales y artículos de opinión en los Estados Unidos, sobre todo en la prensa "de calidad", y con respecto a la cual suponemos que expresa un abanico (más bien reducido) de corrientes ideológicas en ese país, analizaremos algunos artículos de opinión sobre un tema a menudo considerado como ideológicamente 'candente': el terrorismo. Seleccionamos los artículos de opinión (23) del New York Times (NYT) y del Washington Post (WP) que contenían las palabras "terror", "terrorismo" o "terrorista" en su lista de temas y que por lo tanto topicalizaron el terrorismo como parte de su macroestructura (definida subjetivamente). Varios de estos artículos comentaron el bombazo al World Trade Center (WTC) en Nueva York, el 26 de febrero de 1993.
Los artículos de opinión del NYT y del WP reflejan las principales definiciones y percepciones que se tienen sobre 'el terrorismo' en los EE.UU. y los medios "occidentales" (Schmid, 1982; véase también van Dijk, 1988). En 1993, la mayoría de estos artículos asocian este y otros actos de violencia política con los musulmanes, los fundamentalistas musulmanes o con los árabes de Medio Oriente (especialmente Libia, Irak, Irán, Palestina e Israel/Palestina). Esta es una particularidad propia de la cobertura de los medios sobre el Islam y los árabes (Chomsky, 1984, 1986; Said, 1981). Virtualmente ningún artículo en el NYT o en el WP asocia tal acto con otros actores o lugares de la violencia política en el mundo (por ejemplo, El Salvador), como una forma de exclusividad tópica y léxica que en sí misma expresa una posición ideológica (Chomsky, 1987, 1992, 1993; Herman y Chomsky, 1988). énicamente se encontró un artículo sobre el holocausto y otro sobre Irlanda del Norte.
Una de las estructuras ideológicas más impresionantes que se manifiesta casi en todos los artículos del WP y del NYT, es un exacerbado nacionalismo y un evidente etnocentrismo. Comprensiblemente, la polarización nosotros-ellos, que se encuentra tanto en los editoriales como en otros artículos, caracteriza no solamente la oposición entre nosotros ("americanos", "occidentales") y ellos (terroristas, árabes, fundamentalistas musulmanes, etc.) sino de modo más general a los "americanos" y al resto del mundo. Obviamente, esto también es resultado del hecho de que la gran mayoría de los artículos de opinión fueron escritos por ciudadanos estadunidenses (un artículo en la base de datos "terrorismo" fue escrito por un periodista israelí, pero éste se encuentra vinculado al Instituto de Washington para el Cercano Oriente).
La distinción grupo de pertenencia y grupo ajeno (ingroup-outgroup), la polarización y la diferenciación, vista a través de nuestra definición de las ideologías como un esquema básicosujeto-grupo de cognición social, es la característica central de toda ideología que se encuentra marcada en la estructura del discurso antes que otra cosa por los pronombres personales y posesivos (nosotros, ellos, de nosotros, de ellos, nuestro, suyo, etc.), pero también por deíticos tales como aquí y allá. Presento enseguida un breve fragmento de un artículo característico motivado por el bombazo en el WTC de Nueva York:
(1) En nuestra interpretación radical de la democracia, nuestro rechazo de las élites, nuestro muy arraigado respeto demagógico a las opiniones de los legos, nosostros nos encontramos solos [...]
Las exigencias de liderazgo, si no es que de un sentido de responsabilidad moral, no nos permiten renunciar a nuestro deber de proteger a los civiles inocentes y oponerse a cualquier masacre apoyada por ciertos gobiernos. Pero mientras asumimos este papel, ganaremos cada vez más enemigos que amigos, y algunos de ellos podrían tener los medios y, eso creen, los motivos suficientes para atacarnos en nuestra propia casa.
Como consecuencia de nuestros intentos por ofrecer ese liderazgo que necesita un mundo fragmentado y proclive a las crisis confrontaremos quizá algunas formas aún no imaginadas de terrorismo y a enfermos sociales de toda índole decididos a ajustar cuentas con nosotros. No podemos darnos el lujo de reaccionar retirándonos del mundo. Más bien necesitamos reaccionar con cautela ... (NYT, Mark D.W. Edington, 2 de marzo, 1993)
La polarización ingroup-outgroupno se reduce desde luego a referencias pronominales y a sus variantes de frases nominales completas. En dichas polarizaciones es muy característica la preferencia del ingroup y el rechazo del outgroup, la autopresentación positiva y la asociación de "nuestro grupo" con todas las buenas cosas y "su grupo" (de ellos) con todas las malas cosas. De este modo en el ejemplo (1), nosotros tratamos de aportar un "liderazgo" en un mundo que tiende hacia las crisis recurrentes (esto es, la crisis se encuentra en todas partes), mientras que ellos son "sociópatas determinados a enfrentarse con nosotros". Este escritor reclama que "nos encontramos solos" en nuestra interpretación "radical de la democracia", y de este modo establece una diferencia con otros países democráticos en el mundo. Esto significa, de acuerdo con este escritor que el liderazgo norteamericano siempre estará confrontado con "enemigos". En suma, nosotros en los EE.UU. estamos asociados con valores positivos (democracia, responsabilidad) actividades positivas (liderazgo) y metas positivas (proteger a los inocentes), son las categorías prominentes del esquema ideológico que organiza éste y otros artículos de opinión semejantes.
La autoglorificacion no significa que nunca pueda darse una autocrítica. Irónicamente, tal crítica supone a menudo buenas características: frente a los terroristas del mundo, nosotros somos 'demasiado buenos', 'demasiado democr ticos', demasiado 'clementes'. Nuestros valores democráicos no nos permiten establecer un Estado policiaco y controlar a los ciudadanos. Aunque en el plano internacional nosotros no debemos mostrar nuestra debilidad:
(2) En la escena internacional en estos días nuestras trompetas han sonado un tanto desafinadas y dubitativas. Nuestro respaldo a las operaciones militares se ha dado con una ostensible desconfianza. Y esto ha sido ciertamente observado, tanto en los bandos de nuestros amigos como en aquellos que nos son hostiles. Los policías hacen enemigos. Los mejores policías son buenos diplomáticos, lo cual no hemos sido siempre. La impresión de debilidad, aun de debilidad relativa, incita a la rapacidad (NYT, Robert Stone, 4 de marzo, 1993)
Y cuando las películas norteamericanas representan a sus instituciones inmiscuidas en "asesinatos, traiciones, terror, bombazos y tortura", aunque esto sólo sucede en la ficción, entonces el columnista más importante de The New York Times y anterior director editorial de este diario, A.M. Rosenthal, un muy vociferante crítico del terrorismo internacional (y especialmente del rabe), afirma: No se debería deshonrar de esta manera a "nuestro" país:
(3) Si hay una corriente en el cine que muestre al gobierno americano como un proceso bastante decente, dirigido por gente muy decente, ésta aún no la he encontrado (NYT, A. M. Rosenthal, 30 de marzo, 1993)En ese entonces, Rosenthal no se interesaba -y aún no lo está - en las complicidades en la implicación directa con el terrorismo de las dictaduras militares o con los escuadrones de la muerte, en El Salvador y Guatemala por ejemplo, que produjeron la muerte o mutilaciones a cientos de miles de civiles inocentes. El asesinato masivo, cuando es perpetrado por regímenes "amigos", no es desde luego "terrorismo" (sino a lo sumo "guerra civil") y no es algo en lo cual se pueda inculpar al "proceso bastante decente" de "gente muy decente" (véanse los estudios de Chomsky antes citados). Para nuestro análisis esto sugiere que una de las principales estrategias ideológicas de tal discurso es, de hecho, focalizar o enfatizar "su" terrorismo y simplemente o ignorar nuestra propia participación en el terror de estado en otros países. Esto es, el complemento des- enfatizar(o anverso) de una autopresentación positiva es el silencio, o sea eludir una autopresentación negativa o bien atacar a nuestros críticos.
De modo interesante, para la mayor parte de los comentaristas los valores democráticos de los EE.UU. no parece llamar a una actitud moderada y promover un estado de paz. La paz está asociada con apaciguamiento a toda costa y la implicación general de valores en los artículos puede describirse de modo variado, dependiendo de la posición ideológica que uno asuma, como "dureza" o "agresividad", respectivamente:
(4) Los gobiernos israelí y estadunidense obviamente creen en la actualidad que al no propagar la verdad acerca de un dictador terrorista [Sadam Hussein de Iraq], en otras palabras, bajando la tensión y fortaleciéndolo con respetabilidad, harán la paz con él más verosímil y más duradera (NYT, A.M. Rosenthal, 12 de marzo, 1993).
(5) En tanto única superpotencia, Estados Unidos tendrá que confrontar sus retos con resolución y quizá brutalmente tanto en la región como en casa. De otro modo, lo enemigos islámicos de los gobernantes árabes redoblarán su agresividad si son capaces de golpear con impunidad tanto en su mundo como en el nuestro (NYT, Bradford R. McGuin, 22 de marzo, 1993).
Como es de esperarse, los otros son nuestros enemigos (o amigos imperfectos), y se describen generalmente en términos que expresan un nacionalismo primitivo, etnocéntrico, con los estereotipos racistas asociados a los musulmanes, los fundamentalistas, a los árabes y los extranjeros, particularmente aquellos del tercer mundo (o los que no pertenecen a 'Occidente'). De la prensa de calidad uno esperaría que cuando se agrede explícitamente al terrorismo que asesina inocentes, se evitaría cualquier forma de generalización sobre regiones enteras del mundo, naciones, pueblos o religiones. Pero nada es menos cierto. Hay una generalización constante de personas y acontecimientos específicos hacia amplias categorías de gente. El artículo de Stone, por ejemplo, lleva como cabeza Los nuevos bárbaros y de este modo topicaliza la división nosotros-ellos asociando a los otroscon la falta de civilización, con la crueldad y el primitivismo, una categorización racista muy frecuente cuando se aplica específicamente a los no-occidentales (van Dijk, 1993).
Examinemos en detalle algunas de estas descripciones negativas del Otro, ya que éstas representan las expresiones más obvias de los prejuicios y estereotipos ideológicamente controlados que, a partir de ciertos modelos, se generalizan hacia las cogniciones socialmente compartidas por grupos enteros:
(6) Al golpear a los símbolos, los terroristas destruyen las vidas reales del laborioso pueblo americano, traumatizan a los niños americanos de hoy [...] Durante la Guerra Fría vivimos en el temor del holocausto nuclear. Ahora sabemos con absoluta certeza que si se dispara un artefacto nuclear a una ciudad estadunidense, éste no provendrá de un silo siberiano. Muy probablemente, habrá sido armado por un puñado de gentes, quizás con la apariencia de inmigrantes, en alguna casa de seguridad con vista hacia el bajo Manhattan (NYT, Robert Stone, 4 de marzo, 1993).

(7) El terrorismo de Medio Oriente se originó y se ha llevado fuera de las capitales de los Estados que creen que su poder en casa y su influencia en el exterior se fortalece a través del odio inflamado y organizando, financiando o dando asilo a aquellos grupos que susciten un temor paralizante entre los disidentes domésticos y los enemigos del exterior (NYT, A.M. Rosenthal, marzo 12, 1993).
(8) Si algo puso en evidencia el bombazo [del WTC] es ciertamente una escalada aterradora: cientos de radicales viven en los EUA y conforman posiblemente una amplia red de terroristas que incluye hoy en día a mercenarios islámicos altamente entrenados [...] Aunque son oscuras las raíces del grupo, el bombazo puede ser el resultado de una nueva asociación entre terroristas fundamentalistas y seculares [...] Si esta investigación tiene algún sentido, debe reconocer la emergencia de un espantoso terrorismo de nuevo cuño que germina en el suelo de los EE.UU. (NYT, Steven Emerson, 7 de abril, 1993).
(9) Los intelectuales árabes envenenaron sus propias mentes con sus obsesiones acerca de la "identidad" árabe, un supernacionalismo que desgastó la libertad política, los derechos humanos, la compasión hacia su propio pueblo y, desde luego, al intelecto mismo (NYT, A.M. Rosenthal, 13 de abril, 1993)
(10) Pero en el propio interés de musulmanes y no musulmanes hay que decirlo sin evasivas: alrededor del mundo millones de musulmanes temerosos del contagio de la política occidental, de las libertades religiosas y sexuales, apoyan al extremismo fundamentalista (NYT, A.M. Rosenthal, 29 de junio, 1993).
Esta es sólo una breve selección del modo típico en que se caracterizan las acciones "árabes", "medio- orientales", "musulmanas" o "fundamentalistas". El primer análisis sugiere que las estructuras y estrategias discursivas implicadas en la descripción ideológicamente construida de los otros incluye:
a) Lexicalización negativa. La selección de palabras (fuertemente) negativas para describir las acciones de los otros: "destruir", "traumatizar", "terrorismo", "odio inflamado", "grupúsculos oscuros", "envenado", "obsesión", "extremismo", "temor paralizante", etc.
b) Hipérbole. La descripción de un acontecimiento o acción en términos muy exagerados. Por ejemplo, el bombazo al WTC (6) en el cual sólo murieron unas cuantas gentes, o bien otros ataques terroristas, se comparan con un holocausto nuclear.
c) Móvil de compasión. El mostrar simpatía o afinidad hacia víctimas (débiles) de las acciones de los otros, de tal modo que se resalta la brutalidad del otro: "destruir las vidas reales del laborioso pueblo estadunidense"; "traumatizan a los niños americanos de hoy; compasión hacia su propio pueblo".
d) El móvil de altruismo aparente. está relacionado con el móvil o motivo de compasión; este móvil se usa para destacar la comprensión de la posición que asumen o acerca de los intereses de (algunos de) los otros. El móvil es llamado altruismo aparente porque usualmente no se concluye el
argumento y sólo tiene una función de denegación y de autopresentación positiva (el altruismo es obviamente un valor positivo): "Pero en el propio interés de musulmanes y no musulmanes hay que decirlo sin evasivas..." Motivos semejantes son frecuentes en el discurso racista acerca de las minorías y los inmigrantes, a quienes con frecuencia se exhorta a no venir a 'nuestro país' o a 'regresar por donde vinieron' con el objeto de 'construir su propio país' o bien a 'evitar exponerse al resentimiento y las discriminaciones populares'. Esto es, se recomienda a los otros que actúen 'en su propio bien' mientras que el fundamento ideológico real de tales motivos discursivos está en el propio interés del articulista.
e) El móvil de honestidad aparente. El motivo de la honestidad es una forma bien conocida de denegación ante posibles juicios negativos. Así, para decir algo negativo a propósito de los demás se recurre a una modalidad mediante frases como 'francamente...', o 'no debemos ocultar la verdad, y ...' y así sucesivamente. De este modo Rosenthal (10) también usa este móvil: "hay que decirlo sin evasivas", que combina una autopresentación positiva (soy honesto, no soy evasivo) con una presentación negativa del otro (ciertamente, Rosenthal no se propone ser honesto a propósito de la política exterior estadunidense).
Tal como sucede con otras denegaciones, la honestidad empeñada aquí es pues puramente estratégica y retórica: no está empeñada ninguna honestidad 'real'.
f ) La comparación negativa. Para acentuar los atributos negativos del otro se compara a la persona-objeto o al outgroup con una persona o con un outgroup reconocidos generalmente como "malos". La comparación que hiciera George Bush de Sadam Hussein con Hitler durante la Guerra del Golfo, es un ejemplo bien conocido. En relación con los bombazos y el terrorismo de "inmigrantes": pueden reforzarse retóricamente al compararlos con el holocausto nuclear que nos amenazaba "durante la Guerra Fría". La unilateralidad nacionalista de la comparación es obvia cuando observamos más adelante que los "artefactos nucleares" de la guerra fría parecen ubicarse solamente en algún silo siberiano y no en algún punto de los Estados Unidos.
g) Generalización. La generalización de una persona o de un grupo restringido hacia una categoría o grupo más amplios. Es así que los bombazos en los EE.UU. no son ya el resultado de la (posible) acción de pequeños grupos o de terroristas específicos sino se atribuyen generalmente a (unos cuantos) "inmigrantes" no identificados, y por lo tanto a cualquier inmigrante como en el ejemplo (6). A este respecto es muy elocuente el argumento de Rosenthal (10) en el sentido de que alrededor del mundo millones de musulmanes apoyan al extremismo fundamentalista.
h) Concretización. Para acentuar sus actos ngativos, otro motivo bien conocido es describirlos en detalle, y en términos concretos, visualizables. De este modo cuando se describe a los "inmigrantes" montando un "artefacto nuclear" se les 'muestra' "en aquella casa de seguridad con vista al bajo Manhattan".
i) Aliteración. La retórica apoyada fonológicamente es bien conocida en las cabezas de los tabloides y en los artículos de opinión; generalmente sirve para subrayar la importancia o relieve de las palabras que así se marcan, como es el caso de la aliteración (7): "disidentes domésticos y enemigos del exterior".
j) Advertencia. De modo general, aun sin la evidencia de las probables consecuencias, los artículos de opinión en el WP y en el NYT enfatizan las amenazas posibles y el terror: abundan los escenarios catastrofistas orientados generalmente ya sea a satanizar a los otros o bien a mover a la acción a aquellos de nosotros (y especialmente los políticos) que no toman las cosas con la debida seriedad. Es así que Emerson en el ejemplo (8) habla de "cientos de cuadros radicales que viven en los EE.UU. [...] conformando una amplia red terrorista que incluye a mercenarios islámicos altamente entrenados". La especulación, la fantasía y el miedo instigado a los "mercenarios islámicos" -que viven entre nosotros- implementan de este modo la imagen cinematográfica y de los medios de comunicación del "asesino anda suelto", muy familar en los EE.UU. y que amenaza por tanto a la gente pacífica. Hay que señalar que la lexicalización negativa, la hipérbole, la generalización, el prejuicio religioso y la concretización pueden formar parte de esta representación persuasiva de la amenaza.
k) La violación de la norma y los valores. La forma más elemental de establecer una distinción entre ellos y nosotros no es solamente describirnos a nosotros mismos en términos benevolentes y a ellos en términos negativos, sino enfatizando el hecho que los otros violan aquellas normas y valores que para nosostros son tan preciados. De este modo cuando Rosenthal culpa a (¿todos?) los intelectuales "árabes" por consentir o inspirar el terrorismo, debido a su "supernacionalismo" y su "obsesión con la identidad", se insiste en que actúan así porque ignoran los valores fundamentales de "libertad política, los derechos humanos y los sentimientos de compasión hacia su propio pueblo". Esto es, al violar estas normas y valores ellos mismos se colocan al margen de la civilización (sino es que de la humanidad misma).
l) La presuposición. Un dispositivo semántico bien conocido para enfatizar indirectamente nuestros atributos buenos y sus malos; esto es, se supone que estos son bien conocidos por todos, como si dependieran del sentido común y por tanto no requirieran formularse explícitamente. Así, en el ejemplo (10) Rosentahl supone que los musulmanes alrededor del mundo están "temerosos del contagio con la política occidental, las libertades políticas y sexuales" y de ahí presupone que de hecho Occidente sí goza de tales libertades. Al presuponerse así incidentalmente, este argumento ideológico que enaltece a "Occidente" es menos susceptible de crítica por parte de aquellos que cuestionan tanto las "libertades sexuales y religiosas" pregonadas por la iglesia católica (en Occidente) como las libertades políticas en centro y sudamérica u otros países, que habitualmente se consideran como parte de "Occidente".
Conclusión
Podemos apreciar que es posible recurrir a diversas estrategias y estructuras discursivas para expresar tanto creencias ideológicas como las opiniones personales y sociales que de ellas se derivan. La estrategia global de toda ideología, como aquí se define, aparece como una auto- presentación positiva y una presentación negativa del otro. Esto también implica varios móviles para mitigar, ocultar o negar nuestros actos y atributos negativos, y sus buenos actos y atributos. Es así que, nosotros está asociado con valores y normas positivas mientras que ellos violan este principio básico de la vida social civilizada. Los actos negativos del otro, pueden enfatizarse aún más mediante hipérboles, descripciones concretas y detalladas como el miedo que inducen las advertencias y los escenarios catastroficas. La generalización permite a los articulistas ir de los hechos y personas concretos hacia afirmaciones más influyentes y por lo tanto más persuasivas sobre otros grupos y categorías de personas más amplios; en nuestros datos, éste fue el caso particularmente de los fundamentalistas musulmanes y los árabes. Las comparaciones con los grandes villanos, o con la maldad reconocible, como Hitler o el holocausto, o el comunismo, es otro eficaz recurso retórico para enfatizar cuán malos son los otros.
En términos políticos esto también permite una transición sin sobresaltos del anticomunismo de la Guerra Fría al sentimiento anti-árabe (y anti-tercer mundo) propio de las guerras calientes que se han librado en Medio Oriente, en áfrica o en Asia. Esto es, los EE.UU. aún tienen un enemigo, y las implicaciones y recomendaciones de los artículos de opinión muy a menudo señalan que deben actuar vigorosamente para contener esa amenaza. La debilidad y la paz en ese caso significan apaciguamiento y por ende guerra.
De este modo, la crítica moralmente sustentable del terrorismo toma un cariz político e ideológico mucho más amplio, ya que concierne a los intereses y la posición de los EE.UU. en el mundo. Mientras que otras formas de terrorismo patrocinadas por los EE.UU., el fundamentalismo cristiano y la intolerancia, el papel de Israel en el Medio Oriente (y la ocupación de Palestina) se ignoran o son desenfatizadas en tales artículos de opinión, su naturaleza parcial y autocontemplativa, el nacionalismo y etnocentrismo de estos artículos es claramente ideológico y se articula en torno a la división ideológica fundamental entre EE.UU. (u Occidente) y el resto del mundo. Todos los niveles y dimensiones de las estructuras discursivas de los artículos de opinión expresan con algunas variantes esta ideología fundamental.
Bibliografía
Abercrombie, N., Hill S. y Turner, B.S. (1980). The dominant ideology thesis. London. Allen and Unwin.
Abercrombie, N., Hill S. y Turner B.S. (eds) (1990). Dominant ideologies. London. Unwin Hyman.
Aebli, H. (1980). Denken: das ordnen des tuns. Band I. Kognitive Aspecte des Handlungstheorie.
Alexander, J.C., Giesen, B., Müch, R. y Smelser, N.J. (eds.) (1987).
Billig, M. (1991). Ideology and opinions: Studies in rhetorical psychology.
Billig, M., Condor, S., Edwards, D., Gane, M., Middleton, D. y Radley, A. (1988). Ideological dilemmas: A social psychology of everyday thinking. London. Sage Publications.
Centre for Contemporary Cultural Studies (1978). On ideology. London. Hutchinson.
Chomsky, N. (1984). Fateful triangle: Israel, the United States and the Palestinians. Montreal.
Black Rose Books. (1987). Pirates and emperors. International terrorism in the real world. Montreal. Black Rose Books.
_ (1992a). Chronicles of dissent. Interviews with David Barsamian. Monroe, Maine. Common Courage Press.
_ (1992b). Deterring democracy . London. Vintage. (1993). Year 501. The conquest continues . London. Verso.
Cicourel, A.V. (1973). Cognitive sociology: language and meaning in social interaction.
Harmondsworth. Penguin. Collins, R. (1981). "On the microfoundations of macrosociology". American Journal of Psychology 86:5. 984-1014.
Converse, P.E. (1964). "The nature of belief systems in mass publics." International Yearbook of Political Behavior Research , 5. 206-262.
Coulter, J. (1989). Mind in action. Cambridge. Polity Press.
Danto, A.C. (1973). Analytical philosophy of action . Cambridge. Cambridge University Press.
Eagleton, T. (1991). Ideology. An introduction. London. Verso Eds.
Eagly, A.H. y Chaiken, S. (1993). The psychology of attitudes. Orlando. Harcourt Brace
Jovanovitch. Fairclough, N.L. (1989). Language and power. London. Longman. _ (1992). Discourse and social change. Cambridge. Polity Press.
Farr, R.M. y Moscovici, S. (1984). Social representations. Cambridge. Cambridge University Press.
Fine, G.A. (1991). "On the macrofoundations of microsociology: Constraint and the exterior reality of structure". Sociological Quarterly, 32:2. 161.177.
Fiske, S.T. y Taylor, S.E. (1991). Social cognition. New York. McGraw-Hill.
Furnham, A. y Argyle, M. (eds) (1981). The psychology of social situations. Oxford. Pergamon Press.
Garnham, A. (1987). Mental models as representations of discourse and text. Chichester. Ellis Horwood, Ltd.
Hamilton, D.L. (de.) (1981). Cognitive processes in sterotyping and intergroup behavior.
Hillsday Mass. Erlbaum. Herman, E.S. (1992). Beyond hypocrisy. Decoding the news in an age of propaganda: Including a doublespeak dictionary for the 1990's . Illustrations by Matt Wuerker. Boston MA. South End Press.
Herman, E.S. y Chomsky N. (1988). Manufacturing consent. The political economy of mass media .
Johnson-Laird, P.N. (1983). Mental models. Cambridge. Cambridge University Press.
Kedar L. (ed.) (1987). Power through discourse . Norwood, NJ. Ablex.
Knorr-Cetina, K. y Cicourel A.V. (eds.) (1981). Advances in social theory and methodology:t owards an integration of micro-and macrosociologies:.
Kramarae, C. Schulz, M. y O'Barr, W.M. (eds) (1984). Language and power. Beverly Hills; CA. Sage.
Kress G. (1985). Linguistic processes in sociocultural practices. Victoria. Deakin University Press.
Larrain, J. (1979). The concept of ideology. London. Hutchinson.
Lau, R.R. y Sears, D.O. (eds.) (1986). Political cognitiion. Hillsdale NJ. Erlbaum.
Mishler, E.G. (1984). The discourse in medicine: Dialectics in medical interviews. Norwood NJ.
Ablex. Ng, S.H. y Bradac, J.J. (1993). Power in language. Verbal communication and social influence.
Newbury Park. Sage. Pettigrew, T.F. (1979). "The ultimate attribution error: Extending Allport's cognitive analysis of prejudice".
Rosenberg, S.W. (1988). Reason, ideology and politics. Princeton NJ.Princeton University Press.
Said, E.W. (1981). Covering Islam: how the media and the experts determine how we see the rest of the world. New York. Pantheon.
Schimd, A.P. (1982). Violence as communication: Insurgent terrorism and the western news media. London. Sage.
Semin, G.R. y Fiedler, K. (eds.) (1992). Language, interaction and social cognition. London, California. Sage Publications.
Stephan, W.G. (1977). "Sterotyping: the role of ingroup- outgroupdifferences in causal attribution of behavior". The Journal of Social Psychology, 101. 255- 266.
Tetlock, P.E. (1989). "Structure and function in political belief systems". In Pratkanis, A.R. Breckler, S.J. y Greenwald, A.G. (eds) Attitude, Structure and FunctionThe Third Ohio State Unversity Volume on Attitudes and Persuasion.. Hillsdale NJ: Lawrence Erlbaum Associates. 129-151.
Thompson, J.B. (1984). Studies in the theory of ideology. Berkely CA.University of California Press.
Turner, J.C. y Giles, H. (eds) (1981). Intergroup behaviour. Oxford, Blackwell.
Van Dijk, T.A. (1984). Prejudice in discourse: An analysis of ethnic prejudice in cognition and conversation ..
_ (1987). Communicating racism: Ethnic prejudice in thought and talk. Newbury Park CA. Sage Publications Inc.
_ (1988). News analysis . Hillsdale. Erlbaum.
_ (1993). Elite discourse and racism. Newbury Park CA. Sage Publications Inc.
_ 1995a). "Discourse analysis as ideology analysis". In Wenden, A. y Schaffner, C. (eds) Language and Peace (in press).
_ (1995b). "Ideology and discourse semantics". Dicourse and Society, 6.2.
Van Dijk, T.A. (ed.) (1985). Handbook of discourse analysis. 4 vols. London. Academic Press.
Van Dijk, T.A. y Kintsch, W. (1983). Strategies of discourse comprehension . New York. Academic Press.
Van Osteendorp, H. y Zwaan, R.A. (eds) (1994). Naturalistic text comprehension. Norwood NJ. Ablex.
West, C. (1984). Routine complications: Troubles with talk between doctors and patients.
Blomington, Indiana. Indiana University Press.
Wodak, R. (ed.) (1989). Language, power and ideology. Amsterdam..
Notas
*Programa de estudios del discurso; Universidad de Amsterdam,Holanda
**La revisión Técnica estuvo al cuidado de Teresa Carbó

La guerra ideológica

26 de Agosto, 2007
Por Horacio Verbitsky

Mañana comenzará en Asunción, Paraguay, un seminario del Comando Sur para instruir a las fuerzas de seguridad de la región sobre “Apoyos ideológicos para contrarrestar al terrorismo”. El miércoles el presidente estadounidense George W. Bush comparó en un discurso ante veteranos de guerra la invasión a Irak con la Segunda Guerra Mundial y con las de Corea y de Vietnam, cuyo contenido ideológico destacó. No asistirán los invitados argentinos, porque la legalidad vigente no permite que las fuerzas de seguridad se ocupen de cuestiones ideológicas ni reciban entrenamiento de fuerzas militares. La Argentina ya rechazó invitaciones similares en 2005 y 2006.

El objetivo del seminario es capacitar a las fuerzas de seguridad de la región para identificar a presuntos terroristas y a sus denominados apoyos ideológicos y forma parte de una decisión de los Estados Unidos de militarizar la relación con América Latina y el Caribe. Así se desprende del documento “Socio de las Américas”, que el Comando Sur aprobó en abril de este año. Sus objetivos son garantizar la seguridad de Estados Unidos, mediante la “defensa adelantada” fuera de su territorio, fomentar la estabilidad y facilitar la prosperidad de la región, tareas que no competen a las Fuerzas Armadas ni a las de seguridad. En las naciones socias esto incluye “la sincronización de las operaciones entre sus distintas agencias de manera cooperativa”, “utilizando todos los atributos del poder nacional, diplomático, militar, informativo, economía, finanzas, inteligencia y legislación”.

El documento enfoca su atención en la pobreza, la desigualdad social, la corrupción, el terrorismo y el delito.

Para 2016 el Comando Sur debería haberse transformado en un entre “de naturaleza conjunta e interorganizacional”, un organismo cívicomilitar que trabajará con instituciones públicas y entes privados o no gubernamentales de los países americanos. Desde hace medio siglo Estados Unidos promueve contactos directos con las Fuerzas Armadas del continente soslayando a las autoridades políticas. Pero ahora avanza sobre otras áreas de gobierno y organismos privados, en contacto directo con los ministerios del Interior, de Salud, de Educación y de Desarrollo Social, gobiernos provinciales y otras dependencias. En el territorio de Estados Unidos la separación entre tareas de Defensa y de Seguridad es tan rígida como en la Argentina. Pero se evapora cuando se trata de Sudamérica.

La nueva estrategia contempla reducir “las amenazas de las armas de destrucción masiva” (que no existen en la región), y una acción combinada con “las naciones socias” para negar apoyo a “las organizaciones que constituyen amenazas al hemisferio” y destruir las conexiones entre el narcotráfico, las redes terroristas “y otras actividades de apoyo al terrorismo”. Esta definición es de tal laxitudque comprende todo lo que pueda ocurrírsele al jefe del Comando Sur, almirante Jim Stavridis. La misma imprecisión tiene la ley argentina de represión al financiamiento del terrorismo. Sancionada en junio por presión de Washington, creó la figura de la asociación ilícita que se proponga aterrorizar a la población o imponer condiciones a un gobierno o a una organización internacional. Para ser considerada terrorista la asociación debería propagar el odio étnico, religioso o político; integrar redes operativas internacionales y disponer de armas de guerra, explosivos, agentes químicos o bacteriológicos “o cualquier otro medio idóneo para poner en peligro” la vida o la integridad de un número indeterminado de personas (como un palo, un cuchillo de cocina, una cadena, un adoquín o una botella con combustible). El CELS la impugnó en el Congreso, por su incompatibilidad con la Resolución 1566/2004 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, que circunscribe la definición de terrorismo a los actos “cometidos con la intención de causar la muerte o lesiones corporales graves o de tomar rehenes”. En cambio la ley promulgada criminaliza la mera participación en una asociación ilícita destinada a la genérica “comisión de delitos”. El Poder Ejecutivo explica que también la ley alemana usa esa forma abierta de tipificación, como si la justicia alemana ofreciera las mismas garantías que los tribunales federales de Tucumán o Salta.

El Comando Sur intensificará “las reuniones subregionales y hemisféricas con las naciones socias” para interrumpir la producción de drogas ilícitas y apoyar la interdicción del narcotráfico; compartirá información e incrementará “la inteligencia, la vigilancia y el reconocimiento” en áreas de “frágil gobernabilidad”, como la Triple Frontera. Incluso controlará “migraciones masivas” y buscará “terceras naciones dispuestas” a recibir a sus víctimas. También procurará que las denominadas organizaciones terroristas “no reciban legitimidad política” e instalará centros regionales de búsqueda y rescate, conducción para suboficiales, lucha contra el terrorismo, ayuda humanitaria, respuesta ante desastres, derechos humanos y planificación y entrenamiento “para proveer educación y búsqueda de oportunidades”. Similares instrumentos se emplearon entre las décadas de 1950 y 1980 con el propósito de enfrentar “la agresión comunista”. Así como entonces se planteaban los operativos de acción cívica, ahora la estrategia incluye “la gestión de crisis y respuesta de las naciones socias frente a desastres”. El Comando Sur asegurará “la libertad política y económica, con respeto a la dignidad humana” (no dice si llevará a militares o policías de la región a Guantánamo) y ayudará a las naciones socias a estrechar “relaciones civil-civil en áreas como la agricultura, el comercio, la justicia” y a fortalecer las instituciones de apoyo al sistema democrático (como la policía). Así ayudará a las naciones socias “a mejorar el entendimiento de los vínculos entre sus estructuras estatales, como así también con la seguridad interna, soberanía y cooperación”. El documento exalta el trabajo con las Fuerzas Armadas y de Seguridad para inculcarles “la subordinación a las autoridades civiles, el respeto a los derechos humanos y a las reglas legales”. La contradicción es insoluble, ya que las reglas legales prohíben a militares y policías hacer aquello que el Comando Sur les propone.

MODELO DE DOMINACION, TRADICIONES IDEOLOGICAS Y FIGURAS DE LA MILITANCIA1

Maristella Svampa

Voy a comenzar con una auto­presentación. Alejandro Kaufman, también aquí presente, recordaba una conversación telefónica que mantuvimos hace unos días, y subrayaba que nosotros, en tanto profesores de la Universidad estatal, somos trabajadores públicos, empleados públicos. Yo opiné que había que ver cuál era la significación de esa caracterización, pues en realidad a nosotros el Estado nos paga para que seamos “expertos”. En este sentido, no va de suyo que seamos intelectuales, que hagamos intervenciones públicas como éstas. Y esta tarea no es fácil, pues tampoco el intelectual se confunde con el activista. En realidad, la tarea del intelectual se define en un equilibrio muy frágil que se establece entre el compromiso y el distanciamiento, uno y otro necesarios para la comprensión y la reflexión social. Por otro lado, y por sobre todas las cosas, la función intelectual es la de establecer conexiones, crear puentes y vinculaciones entre distintos mundos.El intelectual se define, de alguna manera, por su naturaleza anfibia, por su pertenecencia a diversos mundos. Para nosotros, éste es el gran desafío ante una sociedad que está muy fragmentada y, sobre todo, ante la proliferación de expertos que solo hacen intervenciones autoreferenciales, sin establecer las conexiones o puentes con otras realidades. A eso apunta, creo yo, la Universidad pública que existe hoy en Argentina: a formar expertos, antes que intelectuales.
Sobre la temática que nos convoca hoy, yo quisiera hacer subrayar tres ejes, o al menos avanzar tres temáticas para la discusión: 1­Hacer una caracterización del modelo de dominación, 2­Reflexionar sobre la colisión de las tradiciones ideológicas a la que asistimos a partir de 2002­2003, ­Delinear algunos rasgos de las figuras de la militancia que hoy asoman como tendencias mayores.
Quiero aclarar que no voy a detenerme en un análisis de la significación de las jornadas del 19 y 20 de diciembre del 2001. En realidad, como dijo antes Claudio Lozano, esas jornadas deben insertarse en un proceso de movilización mayor, que presenta diferentes etapas o ciclos. Uno de ellos se inició en 1996/97, a partir del surgimiento de las organizaciones de desocupados. Otro ciclo se abre con las jornadas de diciembre de 2001, que marca la presencia de diferentes movilizaciones y sujetos sociales.No olvidemos que el 2002 fue un año absolutamente extraordinario en el doble sentido del término. Primero, porque anunció una crisis generalizada –tanto en lo económico como en lo social y lo político ­. Segundo, porque dio emergencia a un nuevo protagonismo social, a partir de las múltiples movilizaciones y experiencias de auto­organización.En este sentido, y más allá de los avatares presentes, lasjornadas del 19 y 20 de diciembre tuvieron una gran productividad y abrieron a un nuevo escenario político.
1) El modelo de dominación
En América Latina, la entrada en nuevo orden socio­económico implicó la conjunción de dos procesos diferentes: por un lado, la profundización de la trasnacionalización de la economía; por el otro, la reforma drástica el aparato estatal, que produjo el desmantelando el marco regulatorio del régimen anterior. Este doble proceso, que atravesó en gran medida el conjunto de los países latinoamericanos, desembocó en la institucionalización de una nuevadependencia, cuyo rasgo común sería la exacerbación del poder conferido al capital financiero, a través de sus principales instituciones económicas(FMI, Banco Mundial).En este nuevo escenario, la economía se separó y autonomizó, disociándose bruscamente de otros objetivos, entre ellos, la creación de empleo y el mantenimiento de un cierto estado de bienestar, ejes del modelo de acumulación anterior.
Esos procesos resultaron ser más destructivos en la periferia globalizada que en los países desarrollados, en donde los dispositivos de control público y los mecanismos de regulación social suelen ser más sólidos, así como los márgenes de acción política de los propios Estados nacionales, bastante más amplios. En fin, en estas latitudes el proceso de “reestructuración” del Estado fue crucial. En realidad, antes que “extinguirse” o aparecer como un fenómeno “residual”, el Estado fue reformulado y reapareció bajo nuevos ropajes.El caso argentino aparece aquí como paradigmático.Por un lado, a lo largo de los ´90, la drástica reconfiguración de las relaciones entre lo público y lo privado tuvo como resultado el vaciamiento de las capacidades institucionales del Estado. Por otro lado, la dinámica de consolidación de una nueva matriz estatal se fue apoyando sobre tres dimensiones mayores:el patrimonialismo, el asistencialismo, y el reforzamiento del sistema represivo institucional.
En efecto, en primer lugar, asistimos a la emergencia de un Estado patrimonialista, esto es, al servicio de la lógica del nuevo modelo de acumulación del capital, que tendría a su cargo impulsar el desarrollo de la dinámica privatizadora, favoreciendo la constitución de mercados monopólicos, protegidos por el propio Estado. En segundo lugar, en la medida en que las políticas en curso implicaron una redistribución importante del poder social (generando un contingente amplio y heterogéneo de “nuevos perdedores”), el Estado se vio obligado a reforzar las estrategias de contención de la pobreza, por la vía de la distribución –cada vez más masiva­ de planes sociales y de asistencia alimentaria a las poblaciones afectadas y movilizadas.En tercer y último lugar, el Estado se encaminó hacia el reforzamiento del sistema represivo institucional, apuntando al control de las poblaciones pobres, así como a la represión y criminalización del conflicto social. Así, frente a la pérdida de integración de las sociedades y el creciente aumento de las desigualdades, el Estado aumentó considerablemente su poder de policía, lo cual implicó un progresivo deslizamiento hacia un“Estado de seguridad”.
Este cambio de matriz societal fue acompañado por grandes transformaciones de la política, que daría origen a un nuevo modelo de dominación, asentado sobre tres ejes: una determinada articulación entre política y economía, un estilo de acción política y nuevas estructuras de gestión.Así, el primer rasgo y tal vez el más notorio del“modelo argentino” fue sin duda el alcance que tuvo la subordinación de la política a la economía, como resultado del reconocimiento de la“nueva relación de fuerzas”. En los primeros años, esta sumisión de la política a la economía formó parte de una estrategia mayor de legitimación que, apoyada en la situación de emergencia, se esforzaba en subrayar el carácter ineluctable de las reformas. Dicha estrategia apuntaba a despolitizar las decisiones, restarle su carácter contingente, producto de una conflictualidad, enfatizando con ello el carácter unívoco de las reformas. En este sentido, el establishment político se esforzó en dar por sentado la identificación entre orden liberal y nueva dinámica globalizadora, naturalizando por ende, la nueva dependencia.
En la mayoría de los países latinoamericanos, estos procesos se apoyaron y, en consecuencia, terminaron por reforzar la tradición presidencialista existente. En algunos casos, como el argentino, la confluencia de una tradición hiper­presidencialista y una visión populista del liderazgo (marcada por la subordinación de los actores sociales y políticos al líder), aceleró la desarticulación de lo económico respecto de lo social, al tiempo que garantizó el proceso de construcción política de una suerte de “nueva soberanía presidencial”, frente al vaciamiento de la soberanía nacional, que emergió así como la clave de bóveda, esto es, la pieza fundamental, del nuevo modelo de dominación política.
El tercer elemento del modelo esla triple inflexión de la política como gestión. Esta inflexión se refiere al pasaje a un determinado modo de “hacer política” vinculado al mandato de los organismos multilaterales, que puede ser sintetizado como un nuevo modelo de gestión estatal. Las nuevas estructuras de gestión se asientan sobre tres características fundamentales: la exigencia de profesionalización, la descentralización administrativa y la focalización de la política social.Dichas estructuras se nutren de un modelo de gerenciamiento, “la cultura del management”. Según esta concepción, la profesionalidad y el conocimiento colocarían al experto en una posición óptima para aprehender el interés público o general y, en consecuencia, para implementar las políticas más adecuadas. A su vez, esto fue acompañado por un proceso de descentralización administrativa del Estado, sobre todo de la salud y la educación. Asimismo, la focalización de políticas sociales conlleva intervenciones territoriales muy precisas en relación al cada vez más empobrecido universo popular, que tiene como telón de fondo el quiebre o desdibujamiento del mundo obrero. Dichos ejes fueron la clave para la reformulación desde el Estado de la relación con las organizaciones sociales, peronistas y no­peronistas. Como consecuencia de ello, las nuevas estrategias de intervención territorial fueron produciendo un entramado social en el cual se insertaron las organizaciones comunitarias, cada vez más dependientes de la ayuda del Estado.
Estas políticas tuvieron un fuerte impacto en el mundo popular, acentuando el proceso de territorialización que venía viviéndose desde la última dictadura militar. Por un lado, el escenario daría cuenta de la transformación del peronismo en relación al mundo popular, en la medida en que éste dejará de ser una contracultura política para transformarse en “clientelismo afectivo” y, en el límite, en un puro lenguaje de dominación que se apoya sobre intervenciones territoriales focalizadas.Por otro lado, la territorialización irrá develando la emergencia de un denso tejido organizacional, en el cual adquiere cada vez mayor relevancia la difura de los militantes sociales.Esta red de militantes sociales le va a otorgar, sin dudas, un nuevo colorido a ese mundo popular.
Cierto es que entre 1999 y el 2001, con la gestión de la Alianza, ese modelo de dominación asentado tanto en la sumisión de la política a la economía, en el liderazgo de tipo presidencialista, decisionista; en triple inflexión de las estructuras de gestión, se desmantela, se desencastra, se desarticula. Pero se desencastra de manera provisoria, no definitiva. A partir del 2003, con Kirchner asistimos a una recomposición de ese modelo de dominación, visible en la reafirmación de la continuación de ciertos elementos, como el decisionismo y la consolidación de las estructuras de gestión, garantía misma del modelo asistencialista y clientelar.. Esta continuidad fue facilitada nuevamente por la convergencia entre una tradición hiperpresidencialista y una visión populista del liderazgo.
En relación al estilo de acción política, el presidente Kirchner se hizo cargo de ambos legados. Al igual que Carlos Menem –diferencias de contexto estructural mediante–, Kirchner retomó ese espacio y fortaleció aun más el lugar de la soberanía presidencial, pero con el objetivo de redefinir y otorgar mayor variabilidad a la relación entre economía y política. Así, puede afirmarse que existe una suerte de “recuperación del espacio de la política”, en la medida en que Kirchner logró construir nuevos márgenes –variables– en dicha relación, en el contexto de la nueva dependencia. Sin embargo, la relativa “recuperación de la política” se ha hecho en provecho del fortalecimiento de la soberanía presidencial, de la ampliación de la esfera de decisionismo y personalismo del Ejecutivo y, por ello, en desmedro de las propuestas de innovación y democratización política.
Por otro lado, y aunque pareca paradójico, la crisis del 2001 otorgó al peronismo una nueva “oportunidad histórica”, pues le permitió dar un enorme salto a partir de la masificación de los planes asistenciales. Además, este proceso se vio fortalecido por la dinámica de “reperonización” de importantes organizaciones piqueteras (FTV, Barrios de Pie), caracterizadas por una fuerte matriz populista. En este nuevo escenario, los dispositivos del clientelismo afectivo se potenciaron y, a la vez, se transformaron, asegurando así la consolidación del modelo“desde abajo”.
2) La colisión de las tradiciones ideológicas
La Argentina actual presenta una faz paradójica. Por un lado, el país aparece recorrido por una proliferación de conflictos y movimientos sociales, en torno a temas como el reclamo salarial, las demandas de los desocupados y la defensa del habitat, entre tantos otros. Un conjunto de acciones colectivas que, en gran parte, presenta un fuerte anclaje territorial, una clara propensión a la organización asamblearia y abarca una multiciplicidad de organizaciones y movilizaciones sociales. Gran parte de estas movilizaciones sociales han sido y son portadoras de una politicidad que desafía tanto los límites como las distorsiones estructurales del sistema representativo vigente.
Por otro lado, pese a la tan mentada crisis del sistema institucional y de los partidos políticos tradicionales, manifiesta a partir de 2001, pese a la vitalidad de las acciones y movimientos sociales, éstos presentan una gran dificultad por constituirse en una nueva alternativa político­social o, de manera más modesta, de lograr una traducción político­institucional que apunte a una real vinculación entre los diferentes actores sociales y políticos movilizados. Más aún, las elecciones parlamentarias de octubre de 2005 parecen indicar que “desde arriba” el escenario político se halla cada vez más caracterizado por una suerte de “peronismo infinito”, hoy fortalecido tanto por el debilitamiento de los restantes partidos tradicionales como por la la pérdida de los pocos escaños que poseía la izquierda parlamentaria, mientras que “desde abajo” el desarrollo de una fuerte política asistencial y clientelar, a lo que hay que sumar la crisis de las organizaciones de desocupados, asegura al partido en el poder su reproducción política, en la relación con los sectores populares más vulnerables.
En este eje me gustaría hacer referencia a algunos de los principales obstáculos que presentan los movimientos sociales en su proceso de articulación político­social, a nivel interno.Acerca de los factores externos sólo quisiera hacer mención, una vez más, a la productividad política del peronismo, la cual se nutre menos de una supuesta vocación de poder que estaría ausente en sus opositores, que de un hábil liderazgo presidencial que sintetiza legado decisionista y eficacia populista, así como de una demanda de normalidad institucional vehiculada por una sociedad golpeada por el desvanecimiento de la ilusión neoliberal(la pertenencia a un supuesto “Primer Mundo”) y la posterior amenaza de disolución social, vivida bajo la gran crisis de 2001­2002. Por supuesto, todo ello no es independiente del contexto de fuerte crecimiento económico que atraviesa el país.
En realidad, quisiera mencionar algunos de los factores propiamente internos que dificultaron una verdadera articulación del espacio militante. Para ello, voy a referirme al estado actual de las tres vertientes que recorren hoy el campo de las izquierdas. Sin duda, lo más notorio dentro del espacio militante ha sido la creciente fragmentación organizacional, lo cual se halla ligada a las posiciones y diagnósticos asumidos por las distintas corrientes de la izquierda. En realidad, lejos de buscar las convergencias estratégicas, las diferentes vertientes ideológicas han potenciado el conflicto interno y, con ello, la divisiónad infinitumde movimientos y organizaciones. Veamos más precisamente los problemas y dificultades expresados por cada una de estas vertientes.
En primer lugar, en todo este proceso cabe una responsabilidad mayor a la izquierda partidaria,sobre todo en sus diferentes variantes del trotskismo, cuyo grado de dogmatismo ideológico, cuya visión cortoplacista del poder, del sujeto político y, por consiguiente, de la estrategia de construcción política, han sido mayores. La misma caracterización de “argentinazo” referido a las jornadas de diciembre de 2001 alimentaba la apelación a la movilización constante que tenía, sin dudas como horizonte, la figura de la insurrección. En ese sentido, fueron notorios los errores de diagnóstico político realizados por la izquierda partidaria, sobre todo, en lo que se refiere a la negación del cambio de oportunidades políticas(la redefinición del escenario político a partir de 2003 y la demanda de “normalidad”)como a la subestimación de la productividad del peronismo.Esta ceguera ideológica contribuyó al éxito del proceso de deslegitimación y aislamiento social de las organizaciones de desocupados que llevará a cabo el gobierno nacional a partir de 2003.
Por otro lado, hay que tener en cuenta que las inveteradas tentativas de la izquierda partidaria por forzar una suerte de hegemonía dentro del campo militante suelen terminar, más temprano que tarde, en fuertes implosiones organizacionales e ideológicas, lo cual se ha venido traduciendo en el vaciamiento del capital político y simbólico de los nuevos movimientos. Así sucedió en 2002 con las incipientes asambleas barriales; entre 2003 y 2004, el proceso alcanzaría a las organizaciones de desocupados. Además, en tiempos electorales los partidos de izquierda suelen acentuar el énfasis instrumental respecto de las organizaciones sociales, en detrimento de su autonomía decisional (concepto por demás tabú al interior de los partidos) y del desarrollo de una lógica de construcción más territorial(ligada al trabajo comunitario y los emprendimientos productivos), tan inherente a las organizaciones de desocupados. En este sentido, la izquierda partidaria refleja una perspectiva muy “clásica” de lo que es la sociedad, basada en el modelo fabril, salarial, el cual impregna su lectura acerca de las clases sociales, el poder y el Estado. En fin, esto alimenta una visión muy miserabilista acerca de la nueva red de militantes sociales y de la tarea que realizan las nuevas organizaciones sociales; todo lo cual se traduce en una gran dificultad por entender los elementos innovadores de las nuevas organizaciones y la potencialidad de ciertas experiencias de recreación de los lazos sociales desde el mismo barrio.
En segundo lugar, podemos señalar el rol más reciente que puede adjudicarse a la izquierda populista, que ha terminado por reactivar los elementos más negativos de la tradición nacional­popular, a partir de su alianza con N.Kirchner. Quiero aclarar qué entiendo por populismo o matriz nacional­popular (que utilizo de manera indistinta y sin connotaciones peyorativas).Para decirlo de manera esquemática, la matriz nacional­popular se asienta sobre tres principios o afirmaciones mayores:
­La conducción a través del líder (un liderazgo carismático o personalista, según los casos, con fuerte retórica nacionalista).
­Las bases sociales organizadas(la figura del Pueblo­Nación).
­La constitución de una coalición interclases, condición para una redistribución de la riqueza más equitativa (un modelo socio­económico integrador, que implica la afirmación del Estado).
De esta manera, la tradición populista presente diferentes variantes, según los ejes que estén presentes y la manera como se articulen entre ellos.En este sentido, hay que señalar que la tradición populista argentina retoma elementos diferentes respecto de aquellas otras experiencias que recorren el continente, como es el caso de Bolivia, donde la tradición nacional­popular reaparece ligada a las demandas de nacionalización de los hidrocarburos, que proclaman el conjunto de los actores movilizados.Asimismo, pese todas las afinidades –más deseadas que efectivamente existentes–, el modelo kirchnerista poco tiene que ver con el proyecto propugnado por Chávez en Venezuela, cuyo carácter controvertido y ambivalente nos advierte ya acerca del carácter multidimensional de esa experiencia populista. A diferencias de las experiencias citadas, en Argentina, la tradición populista tiende a desembocar en el reconocimiento de la primacía del sistema institucional, a través del protagonismo del Partido Peronista, por sobre aquel de los movimientos sociales.
Esta inflexión no es solo el resultado de una relación histórica o de un vínculo perdurable entre partido peronista y organizaciones sociales, sino que responde a una cierta concepción del cambio social: aquella que deposita la perspectiva de una transformación en la reorientación política del gobierno, antes que en la posibilidad de un reequilibrio de fuerzas a través de las luchas sociales. Esta primacia del sistema político­partidario tiende a expresarse en una fuerte voluntad de subordinación de las masas organizadas a la autoridad del líder (como lo ilustran de manera evidente tanto los sindicatos de la otrora poderosa Confederación General del Trabajo, así como actualmente las organizaciones piqueteras oficialistas). Al mismo tiempo, esto se expresa a través de la desconfianza hacia las nuevas formas de autoorganización de lo social y sus demandas de empoderamiento y autonomía. En realidad, como para la izquierda partidaria, para la tradición populista argentina y sus herederos actuales, la cuestión de la autonomía de los actores constituye un punto ciego, impensado, cuando no una suerte paradigma incomprensible y hasta “artificial” en función de nuestra geografía de la pobreza. Asimismo, esta no­tematización denota que el populismo argentino –en todas sus facetas, independientemente de las internas partidarias– tiene un gran desconocimiento de las nuevas tendencias organizativas globales, al tiempo que no valora las nuevas prácticas políticas ni el impacto positivo que éstas podrían ejercer en un proceso de reformulación del contrato social, en un sentido incluyente.
En tercer lugar, no es posible soslayar el rol que han tenido aquellos grupos que componen el heteróclito espacio de las organizaciones independientes, caracterizados por una narrativa autonomista. No hay que olvidar que las nuevas experiencias militantes –sobre todos en losjóvenes­se nutren de un ethos comun: aquel que afirma como imperativo la desburocratización y democratización de las organizaciones y se alimenta, por ende, de una gran desconfianza respecto de las estructuras partidarias y sindicales, así como de toda instancia articulatoria superior.Por ello mismo no es casual la fuerte resonancia que en Argentina ha tenido lo que genéricamente se ha venido denominando“autonomismo”. Esta nueva narrativa política, que atraviesa un conjunto de colectivos y movimientos contra la globalización neoliberal, se nutre también del pensamiento de un sector de la filosofía política italiana, especialmente de la obra de Toni Negri y Paolo Virno y, a nivel continental, reconoce su modelo de referencia en la experiencia y el discurso zapatista. Sin embargo, en Argentina ha sido muy influyente también la versión visiblemente más simplificada que presenta el libro de Holloway, “Cambiar el mundo sin tomar el poder”.
En realidad, hay autonomía y hay autonomismos. Así, la defensa de la autonomía recorre hoy una parte importante de las experiencias sociales y políticas contemporáneas.Pero el“autonomismo” es otra cosa; se refiere a una visión hiperbólica de la autonomía y, como tal, presenta una crítica radical a cualquier forma de poder, aún aquellas que apunten a la posibilidad de construir articulaciones superiores en vista de la producción de un bloque contrahegemónico. Asi, pese a que el campo de la autonomía es mucho más amplio y variopinto que lo que las referencias anteriores indican, lo cierto es que en Argentina éste tuvo su inflexión hiperbólica entre los movilizados años 2002 y 2003. En fin, convengamos que si la izquierda partidaria y populista poseen más de un punto ciego respecto de la comprensión de las nuevas formas de auto­organización de lo social, para el caso del autonomismo su dificultad estriba no sólo en su visión unidimensional del poder y la relación con el Estado, como sobre todo en la negación de la posibilidad de pensar la instancia de la articulación política como algo mas que una coordinación horizontal de movimientos diferentes. No es raro que, para muchos militantes que se reconocen en el autonomismo, la noción misma de “hegemonía” – en un país donde el pensamiento de izquierda de hace unas décadas nomás estuvo muy marcado por la obra de A.Gramsci­se haya convertido en una suerte de cristalización de todos los males...
Lo cierto es que la tentación hegemonizante de los partidos de izquierda no hizo más que potenciar los elementos extremos del campo autonomista, que en muchos casos confundió la defensa de la diferencia con el llamado a la pura fragmentación, así como tendió a disolver la lógica política en la acción contracultural, o en una suerte de afirmación de autonomía de lo social (la ontologización de lo social), carente de mediaciones. Por otro lado, en el marco de una lógica recursiva de lo social, dicho exceso tuvo su traducción posterior en una reacción de rechazo a toda forma de defensa de la “autonomía”. Por ello, no es raro que a la hora actual, sobre todo dentro del campo piquetero y las organizaciones contraculturales, se haya registrado una suerte de involución por parte de ciertos grupos y colectivos militantes que, decepcionados de la poca repercusión política que han tenido las promesas de democratización y horizontalidad sostenidas por el autonomismo (pues la política de Kirchner ha traido consigo una profundización del clientelismo en el mundo de los sectores populares) y ante el nuevo cierre de las oportunidades políticas, hoy tiendan a refugiarse en una defensa por demas ortodoxa y dogmática de los principios revolucionarios clásicos.
Quiero insistir que cuando afirmo que a partir de 2002 se entrecruzaron y potenciaron los elementos más reactivos de estas tres tradiciones ideológicas, estoy minimizando los elementos positivos que están presentes en otras experiencias del campo de las organizaciones sociales, y que creo necesario rescatar. Así, respecto de la narrativa autonomista, es importante tener en cuenta que la autonomía aparece no sólo como un eje organizativo, sino también como un planteo estratégico, que remite a la “autodeterminación” de los sujetos. Asimismo, esta aspiración converge con la valorización de la práctica en sí misma, en tanto modalidad de construcción política, antes que la adhesión a las grandes declaraciones ideológicas o a los acuerdos programáticos.Ambos ejes atraviesan de manera central el proceso de recomposición de las subjetividades políticas contemporáneas. Respecto de los partidos de izquierda, uno puede advertir también la importancia de elementos que remiten a la centralidad que adquiere la interpelación clasista, muy especialmente en contextos de grandes asimetrías sociales y económicas.Sin duda, ello nos ayuda a recordar que en Argentina en 30 años hemos pasado del “empate social o empate hegemónico –como se lo denominaba en sociología­, a la “gran asimetría”, reflejada en la distancia entre la elite económica y política y los sectores subalternos, que engloban tanto a las fragmentadas clases medias como a los empobrecidos sectores populares. Por último, la tradición nacional­popular nos recuerda la necesidad de repensar desde una óptica “positiva” el rol del estado nación.Y ello en un contexto de debilitamiento del Estado nacional y en el marco de una dependencia que, como diría Guillermo O´Donnel, ha llegado a niveles que ni remotamente imaginaban aquellos que escribieron sobre ello en los años ´ 60 y
70.
En definitiva, la posibilidad del surgimiento de un nuevo sujeto político que pudiera encarnar la fuerte expectativa de cambio que recorría la sociedad argentina de principios del nuevo milenio se desvaneció, no sólo ante la vuelta a la normalidad institucional encarnada por el “peronismo infinito”, sino también por la abierta divergencia que se instaló entre las diferentes vertientes ideológicas que recorren el movilizado campo de las organizaciones sociales. Así, lo sucedido entre 2003 y 2005 deja planteado no sólo la importancia de la disputa cultural y simbólica en toda puja política frente al proceso de estigmatización de las luchas sociales, sino la necesidad de tender puentes y articulaciones entre los elementos más positivos y aglutinantes de las diferentes vertientes de la izquierda ­la tradición nacional­popular, la tradición marxista clásica y la narrativa autonomista­, que recorren y forman parte del acervo popular.
.
3) Nuevas subjetivades y formas de la militancia
El tercer eje que queremos presenter alude al proceso de recomposición de las subjetividades políticas. En los últimos años han surgido nuevas figuras de la militancia y me atrevería a decir, aunque el término suene complicado, unnuevo ethos militante, entendiendo por ethos un conjunto de orientaciones éticas y políticas que estructuran la acción.
Por encima de las diferencias sociales y nacionales, uno de los componentes más significativos de los movilizaciones sociales contemporáneas es la auto­organizción
acom
unitaria. Esta dimensión “material”, ligada a la producción y reproducción de la vida, a partir de la gestión de las necesidades básicas, aparece como uno de los rasgos constitutivos de los movimientos sociales en América Latina, tanto de los movimientos campesinos, muchos de ellos de corte étnico, como de los nuevos movimientos urbanos, asociado a la lucha por la satisfacción de las necesidades más elementales; 2) Laacción directa, a saber, nuevos repertorios de acción que enfatizan la acción sin mediaciones, como los bloqueos, cortes, ocupaciones, entre otros. 3) El desarrollo de prácticas
smrs
aableaia, a través de formas de democracia directa y participativa. Así, las estructuras de movilización existentes se colocan en tensión respecto de las formas jerárquicas y centralizadas canalizadas tanto por los partidos de izquierda –sean de cuño leninista o de matriz socialdemocráta­, como por las organizaciones latinoamericanas que propugnan una suerte de movimientismo tradicional, propias de la matriz populista.
Mi hipótesis es que estas dimensiones o tendencias de los nuevos procesos de movilización se constituyen en los ejes organizadores que van configurando las subjetividades militantes contemporáneas. Estos ejes nos proporcionan así una nueva entrada para leer las relaciones entre dimensiones subjetivas de la política y nuevos modelos de militancia, al tiempo que nos ayuda a complejizar las relaciones entre política y marcos ideológicos.
Un primer abordaje de dicha temática nos permite detectar dos figuras centrales de la militancia: en primer lugar, la figura “local”delma
ilitnte social,que encontramos en diferentes movimientos sociales de América Latina;en segundo lugar, la figura is
“global” delactivtacultural, que se halla difundida en distintas latitudes, tanto en los países del centro como de la periferia. En fin, quiero aclarar que estoy hablando de las grandes tendencias, a fin de señalar los elementos centrales de un proceso. En este sentido, la tendencia revela la centralidad del militante social o territorial y del activista cultural. El militante sindical posee un rol muy importante, pero en la actualidad no aparece como el protagonista central de los nuevos procesos sociales.
Veamos brevemente las dos figuras enunciadas más arriba.
­El militante social o territorial: el desarrollo de redes territoriales, concebidas como estrategias de sobrevivencia, tiene una larga historia en América Latina. Durante los ´60/´70, éstas dieron origen a los llamados “movimientos sociales urbanos” cuyas demandas (servicios básicos, títulos de la tierra), se orientaban hacia el Estado, lo cual ponía de manifiesto las limitaciones “integracionistas” del modelo nacional­popular. Sin embargo, en los ´90, la globalización en su versión neoliberal, caracterizada por la superación de las fronteras, así como por el desmantelamiento del Estado social, produjo una inflexión mayor en el heterogéneo mundo de los sectores populares latinoamericanos.Como hemos señalado antes, la implementación de un nuevo modelo de gestión, asociado al discurso neoliberal y al mandato de los organismos multilaterales, produjo así la acentuación del proceso de empobrecimiento y territorialización de los sectores populares, a través de una batería de políticas sociales focalizadas.En consecuencia, las nuevas redes territoriales se constituyeron en ellocus del conflicto, en la medida en que fueron emergiendo como el espacio de control y dominación neoliberal, a través de las políticas sociales compensatorias, al tiempo que se convirtieron también, en diferentes países de América Latina, en el lugar de producción de movimientos sociales innovadores.Este proceso colocará en el centro de la nueva política local la figura del mediador, a través del “militante social”.
La centralidad que ha adquirido elmilitante social, como hemos visto antes, se halla vinculado al proceso de territorialización de los sectores populares y a la lucha por la sobrevivencia. Aunque no conoce una figura única ni una evolución lineal, el militante social aparece desde el origen asociado al peronismo. En los últimos años, dicha figura ha conocido diferentes inflexiones. En este sentido, tocaría a las organizaciones de desocupados la tarea de abrir una brecha en este transformado mundo popular, por fuera del peronismo, tornando posible la emergencia de nuevas prácticas políticas, a través de la resignificación política de la militancia territorial, cuyos ejes serían precisamente la crítica al clientelismo y la afirmación de la dignidad. En consecuencia, entre 1997 y 2002, el surgimiento de nuevas organizaciones de tipo territorial, aunque no llegó a cuestionar la hegemonía del peronismo, puso en evidencia no sólo el deterioro de la relación entre el peronismo y el mundo popular, sino también la posibilidad de la politización de lo social. Más aún, la nueva experiencia se fue apropiando y actualizando las apelaciones más plebeyas del mundo popular, tan asociadas al peronismo de otras épocas, como expresión auténtica de la gente “de abajo”.
2­El activista cultural. La expansión de colectivos culturales, tanto en el ámbito de la comunicación alternativa como de la intervención artística, constituye una de las características más emblemáticas de las nuevas movilizaciones sociales.Muchos de estos colectivos se basan en grupos de afinidad, que desaparecen una vez realizada la acción.En este sentido, en tanto movimientos de “experiencia”, donde la acción directa y lo público aparecen como un lugar de construcción de la identidad, no resulta extraño que gran parte de estos grupos se agoten en la dimensión cultural­expresiva y no alcancen una dimensión política. Sin embargo, en otros casos, sobre todo en países capitalistas periféricos como el nuestro, los colectivos culturales deliberadamente buscan una mayor articulación con los movimientos sociales, constituyéndose en creadores de nuevos sentidos políticos y culturales, o bien, asumiendo el rol de reproductores de los acontecimientos en un contexto de intensificación de las luchas sociales. Esta forma de militancia expresa así una vocación por el cruce social y la multipertenencia, en el marco del desarrollo de relaciones de afinidad y redes de solidaridad con otras organizaciones. La experiencia argentina de los últimos años refleja a cabalidad el desarrollo y eclosión de nuevos colectivos culturales, cuya tarea ha ido fructificando o declinando en función de su mayor o menor articulación con movimientos sociales.
Estas dos figuras enfrentan hoy obstáculos diferentes. En el caso del militante social, ello se ve reflejado en las dificultades por politizar lo social en el marco de un “cierre” del peronismo desde abajo y ante las limitaciones que presupone una tarea tan asociada a la gestión de las necesidades básicas. La actual crisis de las organizaciones de desocupados no es ajena al estallido de esta tensión, ya inscripta en sus mismos orígenes. Asimismo, los militantes o activistas culturales han contribuido de manera decisiva a recrear los sentidos de la protesta –como en nuestro país, sobre todo a partir del año 2002, y hasta el presente, aun si no tienen la visibilidad de los años anteriores­. Sin embargo, hoy el lazo con los movimientos sociales aparece muy debilitado o, por el contrario, cuando éste existe, el activista cultural se halla muy encapsulado en el espacio militante. El tema no es menor, pues el activista cultural es, como el intelectual, un anfibio, y en ese sentido tiene que llevar a cabo, un rol articulador, particularmente importante en tiempos de fragmentación social y aislamiento de las experiencias militantes. Cómo politizar la tarea del militante social, vincularlo con otros ámbitos (sobre todo, con el sindical); cómo dotar de una nueva dimensión articuladora el trabajo del activista cultural, aparecen hoy como dos de los grandes desafíos. Aunque no son seguramente los únicos.
Buenos Aires, Septiembre de 2005